
1-Introducción:
Dos porqués para Stalingrado.
Entendiendo el “porqué” como sustantivo, escrito todo junto y con tilde en la última “e”, he de decir que el primero se corresponde con un asunto estrictamente personal. Francisco Carro Martín, primo de mi padre (a efectos, tío segundo mío), miembro del PCE durante la Guerra Civil española, partió hacia el exilio, es decir, huyó de España mediante los circuitos que su partido tenía dispuestos. Y debían estar realmente bien montados porque en el archivo de Salamanca, su nombre sólo aparece en dos documentos: en un parte de deserción y en un informe de rancho.
Es muy curioso, porque de él escuchábamos hablar de tapadillo: primero por su peculiar personalidad, puesto que fue matarife, maestro de escuela y torero, antes de acabar en la guerra como mayor de artillería. Y en segundo lugar porque seguía vivo. No me contaron por qué círculos consiguieron tener noticias suyas: recuerdo unas llamadas de una tía mía vía París y Varsovia, para conseguir hablar con Moscú. Las tarifas de Telefónica en la época no tenían competencia, o sea, que debieron costar un Potosí. Visitó España en 1972, teniendo yo once años y nos contaba batallas, pero batallas-batallas; entre ellas la de Stalingrado, en la que participó según él, de lejos, aprovisionando en barcazas a través del Volga a las unidades rusas que resistían en la ciudad durante los primeros ataques de las fuerzas alemanas, viendo volar bajo a los “Stukas” y sintiendo en la mejilla el barro de las orillas cuando éstos pasaban. Con un vocabulario castizo, madrileño, obsoleto y sorprendente (hablaba, entre otras lindezas de “parachutistas”) nos contaba sus vivencias en la estepa. Yo no sé si es un trauma infantil, pero para mí aquella ciudad siempre fue un símbolo de resistencia. Los tebeos (cómics, que dicen ahora) de “Hazañas Bélicas” ayudaban a fijar ideas y procesos, pero también despertaron en mí una sensación de angustia por las vivencias de los soldados alemanes, primero enfrentándose a una pared que no acababa de caer y segundo por el aislamiento y la sensación de abandono que acabaron sufriendo. No olvidemos que en la época, por obvias razones ideológicas, en las historietas que tenían lugar en el frente del este los soldados alemanes eran “los buenos”.
En el segundo “porqué”, evidentemente entran otras connotaciones. A estas alturas de colegio, no voy a descubrir la pólvora, pero he escogido Stalingrado porque a partir de ahí, las cosas quedaron meridianamente claras en el escenario de la guerra en el frente oriental: Stalingrado fue el punto de inflexión que demostró que la Wehrmacht y los nazis no eran imbatibles; que su progresión y su avance no eran eternos. El ejército soviético pudo con ellos, bien es cierto que a un coste (militar y civil) que para cualquier otro país de medianas e incluso regulares dimensiones habría sido inasumible.
A partir de entonces, la guerra toma otro cariz: Alemania debe dedicar ingentes cantidades de material y hombres no a una conquista rápida y efectiva de un territorio en apariencia fácil, sino sencillamente a intentar frenar lo que se le viene encima.
Dos porqués para Stalingrado.
Entendiendo el “porqué” como sustantivo, escrito todo junto y con tilde en la última “e”, he de decir que el primero se corresponde con un asunto estrictamente personal. Francisco Carro Martín, primo de mi padre (a efectos, tío segundo mío), miembro del PCE durante la Guerra Civil española, partió hacia el exilio, es decir, huyó de España mediante los circuitos que su partido tenía dispuestos. Y debían estar realmente bien montados porque en el archivo de Salamanca, su nombre sólo aparece en dos documentos: en un parte de deserción y en un informe de rancho.
Es muy curioso, porque de él escuchábamos hablar de tapadillo: primero por su peculiar personalidad, puesto que fue matarife, maestro de escuela y torero, antes de acabar en la guerra como mayor de artillería. Y en segundo lugar porque seguía vivo. No me contaron por qué círculos consiguieron tener noticias suyas: recuerdo unas llamadas de una tía mía vía París y Varsovia, para conseguir hablar con Moscú. Las tarifas de Telefónica en la época no tenían competencia, o sea, que debieron costar un Potosí. Visitó España en 1972, teniendo yo once años y nos contaba batallas, pero batallas-batallas; entre ellas la de Stalingrado, en la que participó según él, de lejos, aprovisionando en barcazas a través del Volga a las unidades rusas que resistían en la ciudad durante los primeros ataques de las fuerzas alemanas, viendo volar bajo a los “Stukas” y sintiendo en la mejilla el barro de las orillas cuando éstos pasaban. Con un vocabulario castizo, madrileño, obsoleto y sorprendente (hablaba, entre otras lindezas de “parachutistas”) nos contaba sus vivencias en la estepa. Yo no sé si es un trauma infantil, pero para mí aquella ciudad siempre fue un símbolo de resistencia. Los tebeos (cómics, que dicen ahora) de “Hazañas Bélicas” ayudaban a fijar ideas y procesos, pero también despertaron en mí una sensación de angustia por las vivencias de los soldados alemanes, primero enfrentándose a una pared que no acababa de caer y segundo por el aislamiento y la sensación de abandono que acabaron sufriendo. No olvidemos que en la época, por obvias razones ideológicas, en las historietas que tenían lugar en el frente del este los soldados alemanes eran “los buenos”.
En el segundo “porqué”, evidentemente entran otras connotaciones. A estas alturas de colegio, no voy a descubrir la pólvora, pero he escogido Stalingrado porque a partir de ahí, las cosas quedaron meridianamente claras en el escenario de la guerra en el frente oriental: Stalingrado fue el punto de inflexión que demostró que la Wehrmacht y los nazis no eran imbatibles; que su progresión y su avance no eran eternos. El ejército soviético pudo con ellos, bien es cierto que a un coste (militar y civil) que para cualquier otro país de medianas e incluso regulares dimensiones habría sido inasumible.
A partir de entonces, la guerra toma otro cariz: Alemania debe dedicar ingentes cantidades de material y hombres no a una conquista rápida y efectiva de un territorio en apariencia fácil, sino sencillamente a intentar frenar lo que se le viene encima.


