lunes, 11 de enero de 2010

Razones para un trabajo


1-Introducción:


Dos porqués para Stalingrado.

Entendiendo el “porqué” como sustantivo, escrito todo junto y con tilde en la última “e”, he de decir que el primero se corresponde con un asunto estrictamente personal. Francisco Carro Martín, primo de mi padre (a efectos, tío segundo mío), miembro del PCE durante la Guerra Civil española, partió hacia el exilio, es decir, huyó de España mediante los circuitos que su partido tenía dispuestos. Y debían estar realmente bien montados porque en el archivo de Salamanca, su nombre sólo aparece en dos documentos: en un parte de deserción y en un informe de rancho.

Es muy curioso, porque de él escuchábamos hablar de tapadillo: primero por su peculiar personalidad, puesto que fue matarife, maestro de escuela y torero, antes de acabar en la guerra como mayor de artillería. Y en segundo lugar porque seguía vivo. No me contaron por qué círculos consiguieron tener noticias suyas: recuerdo unas llamadas de una tía mía vía París y Varsovia, para conseguir hablar con Moscú. Las tarifas de Telefónica en la época no tenían competencia, o sea, que debieron costar un Potosí. Visitó España en 1972, teniendo yo once años y nos contaba batallas, pero batallas-batallas; entre ellas la de Stalingrado, en la que participó según él, de lejos, aprovisionando en barcazas a través del Volga a las unidades rusas que resistían en la ciudad durante los primeros ataques de las fuerzas alemanas, viendo volar bajo a los “Stukas” y sintiendo en la mejilla el barro de las orillas cuando éstos pasaban. Con un vocabulario castizo, madrileño, obsoleto y sorprendente (hablaba, entre otras lindezas de “parachutistas”) nos contaba sus vivencias en la estepa. Yo no sé si es un trauma infantil, pero para mí aquella ciudad siempre fue un símbolo de resistencia. Los tebeos (cómics, que dicen ahora) de “Hazañas Bélicas” ayudaban a fijar ideas y procesos, pero también despertaron en mí una sensación de angustia por las vivencias de los soldados alemanes, primero enfrentándose a una pared que no acababa de caer y segundo por el aislamiento y la sensación de abandono que acabaron sufriendo. No olvidemos que en la época, por obvias razones ideológicas, en las historietas que tenían lugar en el frente del este los soldados alemanes eran “los buenos”.

En el segundo “porqué”, evidentemente entran otras connotaciones. A estas alturas de colegio, no voy a descubrir la pólvora, pero he escogido Stalingrado porque a partir de ahí, las cosas quedaron meridianamente claras en el escenario de la guerra en el frente oriental: Stalingrado fue el punto de inflexión que demostró que la Wehrmacht y los nazis no eran imbatibles; que su progresión y su avance no eran eternos. El ejército soviético pudo con ellos, bien es cierto que a un coste (militar y civil) que para cualquier otro país de medianas e incluso regulares dimensiones habría sido inasumible.

A partir de entonces, la guerra toma otro cariz: Alemania debe dedicar ingentes cantidades de material y hombres no a una conquista rápida y efectiva de un territorio en apariencia fácil, sino sencillamente a intentar frenar lo que se le viene encima.



domingo, 22 de noviembre de 2009

Comicurioso


Quedarse anclado en lo que conoces te puede dar seguridad, pero te priva de sorpresas y en este caso, me he llevado una de las muy agradables. Pese a ser un enteradillo, uno no lo sabe todo y dentro de la búsqueda de cómics para el trabajo de Didáctica de la Historia, cayó en mis manos (gracias, Tam) esta obra.

El autor, Art Spiegelman, además de querer superar la difícil relación con su padre, intenta ordenar los recuerdos de éste, superviviente del Holocausto judío; cuenta sus vivencias en los diversos guetos de Polonia, su paso por campos de internamiento y su estancia en un sitio de macabra evocación para toda persona bien nacida: Auschwitz.

Una de las curiosidades es la escenografía: blanco y negro, líneas duras, que evocan el drama que cuenta (aunque tiene algunas gotas de humor muy buenas), un aire cinematográfico tipo cine negro.

Otra de las características más notables es la utilización de animales para agrupar los personajes: los judíos se representan como ratones, un francés como rana, los alemanes como gatos y los polacos como cerdos.

Un drama relativamente cercano, ya que ocurrió en países vecinos al nuestro, sobre el que se ha vertido mucho análisis últimamente (al igual que el autor, sientes que los últimos testigos mueren y se pierde la experiencia en primera persona), y no exento de cierta polémica en cuanto a las intenciones que lleva alguno de esos estudios.

A mí, personalmente, me parece inasumible tal cantidad de maldad, de dolor y de muerte. Y lo peor es que no puedes considerar que eso desaparezca: ahí tenemos el ejemplo de la desintegración de Yugoslavia, con casos similares en la época en que concedieron el Pulitzer a esta obra, en 1992.
Tener un apellido que termine en "ik", "ic" o "ez" o "echea" no debe ser razón para ser considerado ni inferior ni superior a ningún otro humano.

jueves, 29 de octubre de 2009

El nombre de los nuestros


Este es el título de una novela de Lorenzo Silva, escritor muy conocido por la serie de guardias civiles investigadores Bevilacqua y Chamorro, pero que tiene una muy buena obra sobre la Guerra de África, esa indigna aventura de una decrépita potencia colonialista y que (haciendo gala de una prosa fantástica) Silva puso muy bien en claro y que yo acabo de releer (cosa que me gusta, por vicio y porque es barato, jejejeje...) en una edición de Destino del año 2003, aunque la obra es de 2001.

En su tiempo, a mí me impactó "Imán" de Ramón J. Sénder, cruda novela sobre las genialidades de esa estirpe militar africanista que utilizaba la guerra para que corriera el escalafón y así poder medrar, aunque fuera mangoneando en el rancho de la tropa. El libro que tengo es de Destinolibro del año 79. La primera edición es de 1930, y llama la atención que no menciona los nombres de los implicados o de la ciertos lugares. Por ejemplo, habla de "General S." o de "la guarnición de T." ¿Sería cosa de la censura?


Esta obra (El nombre de los nuestros) está novelada, pero como dice el autor, la secuencia de la acción se corresponde con los hechos reales, consiguiendo en algunos momentos que la acción te absorba (me pasé la estación de metro de Pacífico...).

Destaca también del libro la actuación de la flota del Norte de África, labor desconocida según el autor, y los diálogos entre personajes, muy bien conseguidos y que da unas pinceladas precisas para comprender la situación de la sociedad española. La guerra de África, con sus nombres asociados (Annual, Monte Arruit, el barranco del lobo, Talilit, Afrau...) dejó un poso en la sociedad, que evolucionaba pese a quienes mandaban y que, de mal en peor, acabó por formar un caldo de cultivo para que posteriormente tuviera lugar esa gran tragedia que fue la guerra civil.


Pese a que prometí hace tres años ante un espejo que no volvería a prestar un libro (la socorrista me levantó "El alquimista impaciente") si alguno quiere acercarse a este conflicto mediante la literatura, que me pida alguno de los libros.

También tengo "Carta Blanca"; las atrocidades también las cometían los legionarios...


Un saludo a todos.


Nota : la imagen la he bajado de la página http://www.lorenzo-silva.com/

miércoles, 21 de octubre de 2009

El Estado soy yo...

Dicen que dijo eso Luis XIV, rey de Francia, como muestra del poder omnímodo y absoluto propio de su época y cuyo máximo representante sería el mismísimo rey (ya se sabe, puesto por el mismísimo Dios y apoyado por la Iglesia). Lo que no sé es si le costaría a él (o Él) dinero de su propio bolsillo los gastos de ese Estado.
Lo digo porque el Estado al que yo contribuyo se ha gastado una (la de Vd. y mía) pasta gansa en traer a dos supuestos piratas desde el Océano Índico. Les han dado de comer varias veces al día, duermen calentitos y secos como seguramente no lo hacían a bordo de la chalupa en la que les pillaron. Y ahora dicen las autoridades que como no se puede demostrar que uno sea menor, pues le largan. Le sacan del trullo y le colocan en un centro de menores, donde seguirá comiendo varias veces al día y durmiendo seco y calentito. Vale, lo políticamente incorrecto sería decir que habría que haber hecho lo que se hacía con los piratas: horca. Pero somos un país civilizado y moderno, económicamente próspero (...agggg...!) y no podemos ametrallar las barcas que secuestran atuneros.
Vale, la pesca es pasta y no pagamos al gobierno de Somalia porque no existe. Bien. Pero nos cuesta el tener a la marina para proteger la faena.
Pero cuando llego a la otra noticia: "Cortina y Alcocer piden 4'6 millones de euros al Estado por daños morales", se me abren las carnes... y la cartera. Resulta que les absolvieron porque el Constitucional decidió que los delitos habían prescrito (Caso Urbanor).

Economía para todos... y ¡qué demonios! : el estado soy yo, que lo pago.

Fuente: diario El Mundo del día 21 de octubre de 2009